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Michael Barnard sostiene que la apuesta continuada por el hidrógeno no fue resultado únicamente de la ignorancia técnica, sino también de intereses vinculados a activos, empresas, instituciones y políticas públicas que querían mantener viable su trayectoria. El análisis concluye que el hidrógeno tiene funciones importantes en algunas industrias, pero no demuestra su viabilidad como sustituto general de la electricidad directa.