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La inteligencia artificial añade una nueva capa de ruido a las tecnologías climáticas

Un análisis de CleanTechnica sostiene que vincular proyectos energéticos y climáticos con la inteligencia artificial puede abordar algunas limitaciones específicas, pero no elimina los antiguos problemas comerciales y de ingeniería. El criterio decisivo es si la tecnología añadida realmente reduce el costo del sistema completo o aumenta el número de dependencias antes de que el valor llegue al cliente.

2026-09-16
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فريق تحرير certi.news
La inteligencia artificial añade una nueva capa de ruido a las tecnologías climáticas

El autor Michael Barnard sostiene que la inteligencia artificial se ha convertido en la última capa de marketing añadida a los proyectos de tecnologías climáticas, de manera similar a lo ocurrido anteriormente con blockchain, el hidrógeno y la energía nuclear modular. La idea no es que la inteligencia artificial sea inútil, sino que incorporarla a una propuesta comercial existente puede dar a un proyecto cuya economía operativa aún no se ha resuelto una nueva historia más atractiva para inversores y clientes.

El análisis cita a la empresa Panthalassa, que recaudó 140 millones de dólares durante 2026 para construir plataformas autónomas en el océano, generar electricidad a partir de las olas y utilizarla directamente para operar computación de inferencia de inteligencia artificial en el mar. Este diseño elimina parcialmente un problema real: la necesidad de transportar la electricidad hasta la costa mediante cables submarinos y conectarla a la red. Sin embargo, eso no resuelve el resto de la ecuación, ya que la plataforma sigue teniendo que soportar el agua salada, la tensión, las tormentas, la corrosión y el mantenimiento marítimo, además de producir electricidad a un costo que justifique el equipo.

¿Qué cambia en la práctica?

Ubicar las cargas informáticas junto a la fuente de energía puede reducir la dependencia de los cables, pero traslada al entorno marino electrónica de alto valor, equipos de conversión de potencia y sistemas de comunicaciones y computación que necesitan una alta disponibilidad operativa. Por ello, el proyecto no debería compararse con un centro de datos virtual en tierra que no afronta ningún costo de electricidad, refrigeración o conexión a la red. La comparación más pertinente es con centros de datos terrestres que obtienen energía de las redes o de fuentes renovables y baterías.

La presión de los centros de datos sobre la electricidad, el suelo, la refrigeración y las conexiones a las redes otorga a estas ideas una importancia inicial. Pero la existencia de un problema real de infraestructura no significa automáticamente que cualquier nueva fuente de energía o nueva ubicación para la computación vaya a ser más competitiva. Lo mismo se aplica a las ideas de computación en órbita, que pueden evitar algunas limitaciones de las redes terrestres, pero añaden costos de lanzamiento, electrónica cualificada para el espacio, exposición a la radiación, comunicaciones, sustitución y eliminación del calor mediante radiadores.

Ejemplos de cambiar el mercado, no de resolver el problema original

Barnard presenta el ejemplo de la empresa Destinus, que en su planteamiento inicial estaba vinculada a aviones de pasajeros supersónicos propulsados por hidrógeno líquido. Eso exigía combinar una aeronave comercial compleja, almacenamiento de combustible criogénico, un nuevo sistema de propulsión, infraestructura de combustible y procesos de certificación. Según el artículo, el centro comercial de la empresa se desplazó posteriormente hacia la defensa, la autonomía y los sistemas de misiles, y en abril de 2026 acordó crear una empresa conjunta de misiles con Rheinmetall.

Este cambio, según el análisis, no demuestra la viabilidad de los aviones de pasajeros supersónicos propulsados por hidrógeno, pero muestra que algunas capacidades fundamentales, como la propulsión, la autonomía, el vuelo a alta velocidad, la fabricación y la integración de sistemas, pueden encontrar un mercado dispuesto a pagar por ellas cuando se separan de la cadena original de dependencias.

Aptera presenta un caso diferente. Las células solares integradas en la carrocería del vehículo pueden producir energía útil en condiciones favorables, pero el mayor desafío comercial sigue siendo fabricar un automóvil no convencional y venderlo a gran escala. Los documentos presentados por la empresa, según recoge el artículo, indican que necesita aproximadamente entre 40 y 45 millones de dólares para completar las herramientas de producción y la validación de una producción limitada, y entre 140 y 160 millones de dólares adicionales para elevar la capacidad de su instalación actual hasta unos 20.000 vehículos anuales. La empresa también ha recaudado unos 50.000 depósitos de reserva, generalmente con un pago reembolsable de 100 dólares, mientras que el saldo de las comisiones de reserva no devengadas ascendía a unos 4,1 millones de dólares.

El autor utiliza estas cifras para distinguir entre una ventaja tecnológica real y su capacidad para cambiar la economía del producto completo. La energía solar puede ser un complemento útil, pero por sí sola no resuelve las cuestiones de fabricación, financiación, experiencia de uso y posibilidad de expansión.

Regla de evaluación: ¿se eliminó la limitación o se añadieron dependencias?

El análisis también cita a la empresa Gravitricity, que desarrolló la idea de almacenar energía elevando pesos dentro de pozos mineros y posteriormente añadió el proyecto H₂FlexiStore para almacenar hidrógeno bajo tierra. El autor considera que ambas ideas necesitaban equipos, economías, clientes y vías comerciales diferentes, y que la empresa entró en liquidación voluntaria por parte de los acreedores en octubre de 2025. El artículo no concluye que añadir el hidrógeno causara el fracaso, sino que esa incorporación no generó una actividad comercial repetible antes de que se agotara el capital.

La lectura editorial de certi.news: el valor práctico de este análisis no reside en rechazar la combinación de tecnologías, sino en proponer una prueba más rigurosa. Hay que preguntar qué limitación concreta eliminó la nueva tecnología, cuánto costo o carga operativa redujo y si el sistema completo se volvió más sencillo, barato o fácil de operar que la alternativa convencional.

La incorporación es lógica cuando distintos componentes cumplen funciones complementarias que pueden medirse, como en la combinación de bombas de calor y almacenamiento térmico, o de vehículos eléctricos y carga gestionada. Pero cuando el producto original sigue siendo difícil y se le añade otra tecnología inmadura o costosa, pueden multiplicarse los puntos de fallo en lugar de distribuirse el riesgo como ocurre en una cartera de inversión independiente.

Esta sigue siendo una conclusión analítica del autor y no un juicio general sobre todo proyecto que vincule la inteligencia artificial con la energía o el clima. La pregunta abierta que plantea la fuente es si estos proyectos proporcionarán datos operativos y económicos suficientes para demostrar su superioridad frente a alternativas terrestres más sencillas, y no solo una historia de financiación más atractiva.

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